La edad ingrata

La edad ingrata

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La señora Brook dejó de contemplar la encendida chimenea que, a últimos de mayo, era el único deleite de la cruda tarde fría, y dijo:

—Es natural que a servidora le guste cerrar las cortinas y chismorrear al amor de la lumbre.

—¡Oh, «chismorrear»! —dijo fatigadamente Vanderbank mientras se aproximaba a la bonita mesa sobre la cual había sido colocado el refrigerio.

Ella, cuando estaba a punto de servirle, se detuvo:

—¿No preferirías tomar el té con ella?

Él osciló unos instantes:

—¿Es que ella toma el té por su cuenta?

—¿Quieres decir que no estabas al tanto? —La señora Brook preguntó esto con asombro—. Tal ignorancia sobre lo que hago por ella pone, creo, al descubierto cómo nos has tratado últimamente.

—¿Al no haber venido durante tanto tiempo?

—Durante más semanas, durante más meses de los que puedo contar. Prácticamente desde… ¿cuándo fue aquello?… finales de enero, aquella noche de la cena en casa de Tishy.

—Sí, aquella horrible noche.

—¿Horrible dices?

—Horrible.


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