La edad ingrata
La edad ingrata —Es que todo este tiempo sin ti —explicó la señora Brook— ha sido tan desdichado que temo haber perdido toda conciencia de lo transcurrido con anterioridad. —Entonces le planteó su disyuntiva para tomar el té—: ¿Quieres tomarlo en el piso superior?
Él asió la taza:
—SÃ, y aquà también. —Tras lo cual él no dijo nada más hasta que, echándole primero leche para enfriarlo, hubo concluido de beber su té—: Eso no es estrictamente cierto, bien lo sabes. He estado acudiendo aquà de visita.
—SÃ, pero siempre con otras personas (te las has arreglado de algún modo): las personas inadecuadas. Eso no cuenta.
—Huy, de uno y otro modo, opino que todo cuenta. Y te olvidas de que vine a cenar.
—¡Oh… una única vez!
—La única vez que me invitaste. Asà que no estropees a base de reproches tardÃos la belleza de tu propio proceder. Tú has sido, como de costumbre, suprema.