La edad ingrata
La edad ingrata —El casamiento de Mitchy no tiene nada que ver con ello.
—Entiendo. —Al menos, ella conservaba para beneficio de todos el antiguo interés—. Piensas que a eso sà habrÃamos podido sobrevivir. —Pareció brillar tenuemente una novedosa reflexión sobre aquel acontecimiento—: Me siento obligada a decir que el matrimonio de Mitchy promete peripecias.
—Triunfaste aquella velada en casa de la señora Grendon. —Él habló como si no la hubiera oÃdo—. Fue una maravillosa actuación. Nos hiciste caer (derribando cada una de las grandes columnas en el momento oportuno) igual que Sansón hizo caer el templo. En aquel momento quedé más o menos maltrecho y sepultado, y en mi agitación y aturdimiento no comprendà plenamente qué era lo que habÃa sobrevenido. Pero ahora sÃ.
—¿Estás segurÃsimo? —preguntó con seriedad la señora Brook.
—Bueno, yo soy bobo comparado contigo, pero ya ves que me he tomado mi tiempo. Lo he desentrañado todo. He pasado noches en vela reflexionándolo, tanto más cuanto que he tenido que hacerlo completamente a solas… estando los Mitchy en Italia y Grecia. He echado de menos la ayuda de él.
—Pues a partir de ahora la tendrás —dijo amablemente la señora Brook—. Viajan de regreso.
—Y ¿cuándo arriban?