La edad ingrata
La edad ingrata —Cualquier dÃa de éstos, tengo entendido.
—¿Te ha escrito Mitchy?
—No —dijo la señora Brook—; ése es el quid. Precisamente asà nos hemos hecho añicos. Pero claro está que tú sà habrás recibido alguna noticia.
—Ni una palabra.
—Ah, entonces la catástrofe es absoluta.
Vanderbank meditó un instante y repuso:
—No del todo, ¿no crees?…; me refiero a que no lo será por completo a menos que Mitchy no le haya escrito a Nanda.
—Y ¿le ha escrito? —Ella habÃa recobrado el entusiasmo.
—Oh, estoy haciendo suposiciones. ¿Tú no tienes idea?
—¿Cómo he de tenerla?
También a esto él le dio vueltas:
—Pues como consecuencia de que emprendieses tan brusca y portentosamente, en casa de Tishy, la acción que, unos dÃas después tal como supe posteriormente, serÃa coronada con un grado de éxito todavÃa vigente. ¿Por qué, en resumidas cuentas (si iba a ser para saber tan poco sobre ella y no hacerte más Ãntima suya), forzaste la restitución de Nanda?
HabÃa una razón nÃtida, según se desprendió del semblante femenino, con tal que ella consiguiese recordar cuál era: