La edad ingrata
La edad ingrata —Caramba, ha estado con la pareja en Corfú, Malta, Chipre y no sé cuántos sitios más: navegando en yate, gastando el dinero de Mitchy, «trasteando», como lo llamó él, y no sé cuántas cosas más. Ha estado con ellos durante semanas.
—¿Hasta que Jane, quieres decir, lo ha hecho volver?
—Creo que ha debido ser eso.
—Bueno, eso es mejor —dijo Van— que si Mitchy hubiera tenido que hacerlo irse.
—¡Oh, Mitchy! —articuló polisémicamente la señora Brook.
Su visitante hizo gala de plena anuencia:
—¿Verdad que es un hombre pasmoso?
—Único.
Él guardó un breve silencio.
—Pero ¿a qué juega ella? —inquirió.
Para la señora Brook, al parecer, fue ésta una pregunta de tal variedad de aplicación que hubo de explorar empÃricamente:
—¿Jane?
—Cielos, no. Creo que ya lo sabemos todo sobre «Jane», ¿verdad?
—Vaya —meditó la señora Brook—, no estoy por completo segura de saberlo todo yo. ¡Precisamente estos últimos dÃas he recibido una novedosa impresión!