La edad ingrata
La edad ingrata —¿Inevitable que jamás se le declare?
—Inevitable que jamás el señor Longdon se desentienda de ella.
—Claro está que si ello es inevitable…
—¿Y bien?
—Pues que lo es. Pero claro está que si no lo es…
—¿Y bien?
—Pues que ella no tendrá nada. Nada excepto a nosotros —completó él reflexivamente—. A menos, ya sabes, que estés manejándolo todo sobre la base de una certidumbre…
—Precisamente sobre eso estoy manejándolo todo. No movà ni un dedo hasta cerciorarme de estar segura.
—¿«Segura»? —hizo de eco él con ambigüedad, mientras ante esto sus miradas se encontraban más largamente.
—Segura. Me cercioré de que el afecto del señor Longdon aguantarÃa contra viento y marea.
—Pero ¿cómo te cercioraste de que el de Van no?
—Da igual «cómo»… pero me cercioré todavÃa mejor. El de él no ha aguantado. —Ella lo dijo con gran sencillez, pero se dio media vuelta y echó a andar.
Durante unos momentos él la siguió con la mirada, y dijo: