La edad ingrata

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—Nosotros no sabemos, al fin y al cabo, qué tal anda de patrimonio el viejales.

—Yo no sé a qué te refieres con eso de que «nosotros» no lo sabemos. Nanda sí lo sabe.

—Pero ¿dónde está el consuelo si no nos lo cuenta?

La señora Brook, que había tomado a encararlo, nuevamente le volvió la espalda:

—Espero que no olvides —comentó con suficiencia— que nunca la interrogamos.

—¿Tú nunca la interrogas? —Edward semejó melancólico.

—Nunca. Pero yo confío en ella.

—Sí —tomó a reflexionar él—, uno debe confiar en sus propios retoños. ¿Y Van? —inquirió a renglón seguido.

—¿Que si él confía en ella?

—Que si él sabe algo de la cifra global.

Ella titubeó:

—Todo. Es elevada.

—¿Eso te ha contado?

Ahora superlativamente impacientada, la señora Brook pareció objetar la mismísima pregunta:

—A él lo interrogamos todavía menos.

—Entonces, ¿cómo podemos saberlo?

Ella estaba cansada de tener que explicar:


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