La edad ingrata

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—Porque precisamente por eso es por lo que Van lo odia.

No había límites, sin embargo, por lo visto, para la capacidad inquisitiva de Edward:

—Odia ¿el qué?

—Córcholis, odia no apreciarla.

Edward continuó dándole la espalda al fuego y orientó la inánime mirada hacia la comisa y el techo:

—Yo no pensaba que pudiera ser tan difícil apreciarla.

—Diablos, puedes ver que no lo es. El señor Longdon es capaz de lograrlo.

—No entiendo qué tiene de malo mi hija —insistió él apagadamente.

—¡Oh, pero eso no impedirá…! Afortunadamente, de todos modos, lo que tu hija tiene de malo constituye el origen de la mitad del interés del señor Longdon.

—Pero ¿qué es lo que mi hija tiene de malo? —requirió lóbrego.

Ella vaciló un instante, mas lo reveló:

—Soy yo.

—Y ¿qué tienes de malo «tú»?

Ella hizo, ante esto, un gesto que atrajo la mirada de él hacia la suya, y por un momento sonrió tenuemente a su marido:

—Eso es lo más bonito que me has dicho en toda tu vida. En toda, toda tu vida, ¿sabes?


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