La edad ingrata

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—¿Lo es? —Ella le había puesto la mano sobre la manga, y él pareció casi turbado.

—Lo más bonito del mundo. Ten eso en cuenta y aun si sólo lo has dicho por casualidad no seas gracioso (tal como sabes que a veces puedes serlo) y te retractes. Ha estado muy bien. Es encantador, ¿verdad?, que nuestros problemas nos hagan estar más unidos. Ahora sube a verla.

Edward mantuvo un semblante extrañado, que no fue iluminado por aquella sucesión de comentarios, mas por último se puso en movimiento y no fue hasta que casi hubo llegado junto a la puerta cuando volvió a detenerse:

—Naturalmente, sabrás que le ha enviado un sinfín de libros a Nanda.

—¿El señor Longdon, últimamente? Oh sí, un diluvio, de tal forma que su habitación parece la trastienda de un librero; y todos ellos, en las más preciosas encuademaciones, ejemplares de las más clásicas obras inglesas. No sólo sé esto, naturalmente, sino que además sé (cosa que tú no) el porqué.

—¿«El porqué»? —hizo de eco Edward—. ¿Cuál puede ser sino que (a menos que le enviase dinero) es prácticamente la única gentileza que el señor Longdon puede mostrarle a distancia?

La señora Brook guardó silencio; luego espetó con un ligero suspiro reprimido:


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