La edad ingrata
La edad ingrata Pero él se habÃa desencaminado.
—No: Mitchy es distinto —replicó ella.
Él se maravilló:
—¿Distinto?
—No es una ayuda. Es toda una desventaja[20]. —Entonces, como el continente masculino declarara que esto era un enrevesamiento, ella agregó—: No es preciso que comprendas, basta con que me creas. Naturalmente, quien más colabora es Van en persona. —Esta última fue una aserción en virtud de la cual no se vio disminuido el fracaso intelectivo de él, asà que ella remató la operación—: Porque no la aprecia.
La oscuridad de Edward al oÃr aquello no fue enteramente perplejidad, pero sà fue duda:
—¿Te gusta que no la aprecie?
—Cielos, no. No más de lo que le gusta a él.
—¿A Van no le gusta…?
—Huy, lo odia.
—Por supuesto yo no lo he interrogado —pareció Edward decir más para sà que para su esposa.
—Y por supuesto yo tampoco —repuso ella… decididamente, en este caso, no para s×. Pero yo lo sé. Van la apreciarÃa si pudiese, pero no puede. Eso —concluyó la señora Brook— es lo que hace que sea inevitable.
En la seriedad de Edward finalmente apareció un nÃtido pathos: