La edad ingrata
La edad ingrata Claramente él no tenÃa preparado un informe sobre su creencia en sus propias capacidades, pero tuvo un recuerdo global que consiguió abrirse paso:
—Entonces, ¿por qué diantres nos cortejó?
—No lo hizo. Nosotros lo cortejamos a él.
—Y ¿por qué diantres…?
—Vaya —dijo la señora Brook, con decidido ánimo de concluir—, estábamos enamorados de él.
—¡Ah! —dijo Edward bruscamente. A estas alturas ya habÃa abierto la puerta, y su exclamación era parcialmente consecuencia de haber avistado a un criado que antecedÃa a un visitante. Su saludo al visitante antes de hacerse a un lado y retirarse fue, empero, sumamente breve y habrÃa podido implicar que ya se habÃan visto ayer mismo—: ¿Qué tal te va, Mitchy? ¿Que si está en casa? ¡Oh, ya lo creo!