La edad ingrata
La edad ingrata Muy distinta fue la acogida que la señora Brook le deparó al errabundo repatriado, a quien, en un brevísimo lapso, le dirigió todas las posibles expresiones de sorpresa y contento, aunque exteriorizando finalmente, a guisa de matización de esas palabras, su pesar ante el hecho de que él rehusara tanto participar del té como dejarla hacerle lo que ella denominó un «sitito para charlar» en el extremo que él prefería de su sofá. Él alegó sinceramente agitación y turbación, incluso le recordó que era dolorosamente tímido y que después de separaciones, complicaciones, independientemente de las incidencias que las caracterizaran, era muy consciente del polvo posado sobre las relaciones personales y que no podía ser limpiado de un solo soplido. Tan sólo rogaba que ella, acorde con su naturaleza, lo disculpara si él, mientras se movía por toda la estancia y cambiaba de ubicación sin cesar, salía a la superficie únicamente de manera fragmentaria y abrupta. Había tantas cosas que él deseaba saber que… vaya, teniendo en cuenta que habían arribado nada más que anoche, ya podía ella hacerse una idea. Había preguntas, según se hizo patente, que la señora Brook ansiaba formularle con casi parejo ardor, de tal suerte que al principio hubo incluso la impresión de que, por ambas partes, las confidencias fuesen a resultar asfixiadas por la curiosidad. Por último este desastre fue evitado gracias a que por parte de Mitchy el espíritu interrogador dio con una materia relativamente dúctil. A la postre ello fue bastante manifiesto cuando tras unas cuantas tentativas fallidas él espetó cordialmente: