La edad ingrata
La edad ingrata —Y bien, ¿Van lo ha hecho o no?
No obstante, en el rostro de la señora Brook hubo algo que pareció contestar: «¡Oh, vamos: no te precipites, ya me entiendes!»; y en el movimiento con que volvió la espalda, algo que caracterizó el estado de la cuestión como no tan sencillo como él presuponía. Cuando él había rehusado tomar té ella había llamado para que se llevaran la mesa, y en este momento la campanilla fue contestada por la aparición de dos sirvientes. Pocas cosas tuvieron lugar a continuación, durante algunos minutos, mientras estuvieron presentes los criados; ella habló sólo cuando el mayordomo estaba a punto de dejar cerrada la puerta:
—Si el señor Longdon se presenta enseguida, hágalo pasar a la habitación del señor Brookenham si el señor Brookenham no está en ella. Si sí está, en vez de eso hágalo pasar al comedor, y en ambos casos infórmeme de inmediato.
El hombre se demoró impávido:
—¿Y en el caso de que el señor Longdon pregunte por la señorita Brookenham?
—¡No lo hará! —contestó ella con una sequedad ante la cual se retiró su interlocutor—. ¡Sí lo hará! —agregó después para Mitchy en un tono asaz distinto—. Es decir, ya sabes, puede perfectamente hacerlo. Pero ¡oh la sutileza de los criados! —suspiró.
Ahora Mitchy era todo atención: