La edad ingrata
La edad ingrata —¿O sea que se halla en la capital el señor Longdon?
—Por primera vez desde que vosotros partisteis. Va a acudir de visita esta tarde.
—Y ¿deseas verlo a solas?
La señora Brook recapacitó:
—Me parece que no deseo verlo en modo alguno.
—Entonces, ¿eso de retenerlo en la planta baja…?
—Es para que no irrumpa de golpe y sorpresivamente. A ti, querido mÃo, es a quien deseo ver.
Mitchy desvió su mirada saltona:
—Vaya, no te lo tomes a mal si, en respuesta a eso, por mi parte digo que yo deseo ver a todo el mundo. Incluso ahora mismo habrÃa podido departir un poco más con Edward.
A su intransferible manera, y con un lento ademán negativo, la señora Brook se puso radiante:
—Yo no habrÃa podido. —Luego anudó todos los cabos tras un corto silencio—: Incluso se me ocurre que si no te molesta…
—¿Qué, mi querida amiga —dijo Mitchy alentadoramente—, me ha molestado nunca? ¡Te aseguro —declaró riendo— que no he regresado para comenzar a sentirme molesto!
Ante esto súbitamente, dejando de lado cualquier otra cosa, ella lo asió con una mano: