La edad ingrata
La edad ingrata —Amado Mitchy, ¿eres feliz?
Asà permanecieron cara a cara durante un instante.
—Quizá no tanto como tú habrÃas procurado hacerme.
—Bueno, aún me tienes, ya lo sabes.
—Huy —dijo Mitchy—, tengo una gran cantidad de cosas. ¿Cómo, si lo miro detenidamente, puede un hombre de mi peculiar naturaleza (es, bien lo sabes, terriblemente peculiar) no ser feliz? Piensa, si para poner un ejemplo nos vemos obligados a ello, en la numerosidad de mis amistades.
Como consecuencia de reflexionar, la señora Brook pareció objetar aquello ligeramente:
—SÃ…, pero no debemos vernos demasiado obligados a ello. Son las amistades quienes nos hacen sufrir. Si tú sufrieras yo no serÃa capaz de soportarlo.
Fue patente que ella infundió en Mitchy una nÃtida visión: