La edad ingrata
La edad ingrata —No afirmes eso, por favor. Por tu parte es sumamente encantador encontrar un hueco para verme a mÃ. Además me hace buen provecho verte a ti. Excelente provecho. Y me impresionó que me escribieses… oh, de veras. En ello afloró toda suerte de antiguas cosas. —Entonces rompió a hablar otra vez sobre sus libros, uno de los cuales tenÃa cogido en la mano desde hacÃa varios minutos—: Observo que te gustan las colecciones… y, mi querida muchacha, palabra de honor, por lo que veo, grandes colecciones. ¿Qué es esto? «Vol. 23: Los Poetas Británicos». Es delicioso el Vol. 23; háblame del Vol. 23. ¿Estás muy puesta en los Poetas Británicos? Pero ¿dónde diablos, asombrosa criatura, encuentras tiempo para leer? Yo no encuentro ninguno… lo cual es verdaderamente siniestro. En Londres uno recae en el analfabetismo y la barbarie. Me veo precisado a cultivar un falso brillo para disimular en conversación mi cada vez más alarmante incultura: en verdad me abochornarÃa en grado sumo contemplar a otras personas no escandalizarse ante ella. ¡Pero instrúyeme, instrúyeme! —insistió alegremente.