La edad ingrata
La edad ingrata —Me parece que deberÃa replicar: «¿Podrás concedérmela a mÃ?». Pero aún no son las cuatro y media —siguió Nanda—, y aunque desde luego tengo algo muy especial que decirte, ello no exigirá mucho tiempo. Hasta las cinco no se sirve el té, y cierta mente has de quedarte hasta esa hora. Yo ya te habÃa escrito cuando cada uno de los dos, por idéntico motivo, me propuso esta tarde. Mañana ambos se marchan de la capital para pasar fuera el fin de semana.
—Ah, entiendo… y antes tienen que verte. ¡Vaya influencia ejerces, te darás cuenta, sobre la conducta de la gente!
Ella persistió tan literal como chistoso se mostraba él:
—Vaya, todo se juntó por casualidad, pero no importaba, puesto que, cuando yo te habÃa pedido, ¿recuerdas?, que escogieras el momento, te habÃas decantado, porque te venÃa mejor, por esta hora relativamente temprana.
—Oh, perfectamente. —Pero otra vez él sacó su reloj—. Tengo un encargo que cumplir, malhadadamente (ése era mi propio motivo), en el otro extremo del mundo; el cual, por cierto, según me temo, no me permitirá quedarme a tomar el té. Mi té es irrelevante. —El reloj volvió a su bolsillo—. Lamento decir que debo marcharme antes de las cinco. De todas formas ha sido fabuloso volver a verte.