La edad ingrata

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Él estaba de pie mientras hablaba y, aun cuando había estado de pie la mitad del tiempo, sus últimas palabras produjeron la impresión de que fuera a encaminarse casi inmediatamente hacia la puerta. Con ellas pareció quedar mucho más de relieve que hasta ahora que en verdad se sentía lo bastante turbado para necesitar ayuda, y sin duda fue la medida que tras un instante ella le tomó a esto lo que habilitó a Nanda, con una serenidad inimitable, para llevar un poco más a su propio terreno la situación. Tal serenidad le fue claramente infundida por una rápida percatación de que la misma era la mejor ayuda que podía ofrecerle a él. ¿Albergaba él un terror interior que explicaba su nerviosismo exterior, la incoherencia de una locuacidad destinada, según todo indicio, a detener un avance de la muchacha en cualquier dirección? En cualquier caso él no había hecho más que fomentarlo permitiendo que su propia simpatía precautoria lo hubiese hecho quedar mucho más indefenso. De hecho, ¿adonde había supuesto que ella quería ir a parar, y qué de entre todo lo que ella era capaz de hacer por él podía ser realmente tan hermoso como esta oportunidad de aquietar su confusión e intensificar, tanto como ello fuese factible, esa exquisita autosatisfacción que lo invadiría al convencerse de haberse enfrentado de un modo galante y caballeroso a un delicado trance? Inducirlo a la torpeza o al desconcierto era como inferir una desfiguración o una herida, conque al cabo de un minuto, durante el cual la expresión del rostro femenino se tomó una especie de extasiada contemplación de su presente oportunidad, ella logró ofrecer el aspecto de haber intercambiado su función con la de él y de que ambos estuvieran actuando de consuno precisamente a fin de que él —no ella— fuese dejado en la estacada con la mayor suavidad.


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