La edad ingrata
La edad ingrata —Pero de cierto no vas a marcharte ya mismo —insinuó ella—. ¿Para qué diantres, entonces, supones que he apelado a ti?
—Santo cielo, no: tengo tiempo de sobra. —Él se dejó caer, riéndose de pura ansiedad, directamente en otro asiento—. Eres endiabladamente fascinante. ¿O sea que se trata de una «apelación»? —Aun habiendo planteado esta pregunta firmemente, él apenas fue capaz todavÃa de concederle una oportunidad de contestar—: Es sólo que me pones un poco nervioso con tu informe de todas las personas que van a dejarse caer por aquÃ. Y hay —continuó sin pérdida de tiempo— una cosa más: quiero abordar el meollo ahora mismo, no sea que nos interrumpan. Toda la gracia está en verte a solas de esta forma.
—¿Es eso el meollo? —preguntó Nanda con gravedad aprovechando que él tomaba aliento.