La edad ingrata
La edad ingrata —Es parte de él; opino que verte asÃ, te lo aseguro, es encantador. Pero lo que he querido decir (si haces el favor de dejarme, ya sabes, intervenir en la conversación) es lo que ya te he sugerido a ese respecto: que casi malogra mi placer que no dejes de recordarme que una afortunada ocasión como ésta (afortunada para mÃ, pues ya te veo venir) es para ti únicamente un asunto de negocios a fin de cuentas. ¡Ai diablo con los negocios! Bueno, no me apuñales con ese abrecartas. Ya escucho. ¿Cuál es el gran asunto? —Entonces, puesto que durante un instante pareció como si se hubiesen volatilizado, precisamente en el momento de mayor necesidad, las palabras que ella tenÃa preparadas, una vez más él sacó partido de su ventaja—: Oh, si hay alguna dificultad en ello, olvÃdalo: lo echaremos en saco roto. En todo caso hay algo (déjame decir esto) que sà me gustarÃa que no dejaras de recordarme: antes de marcharme quiero que me hayas iluminado el problema de la pequeña Aggie. ¡Oh, hay también otros problemas respecto de los cuales te considero una inmejorable fuente de informaciones curiosas! No obstante, ya los abordaremos uno por uno: el siguiente en alguna otra ocasión. Siempre me da la sensación de que manejas los hilos de un buen montón de pequeños dramas extraños. Tenme reservado algo bueno para cuando volvamos a vemos. En este preciso momento la cosa es el perfil del asunto de Mitchy. Servidor se preocupa por el querido Mitch lo suficiente para adivinar que servidor caminará más sobre seguro con la ayuda de una orientación o dos. De hecho, quiero abrir tu grifo hasta el lÃmite.