La edad ingrata
La edad ingrata —Ah, pero resulta que la cosa que se me ha metido en la cabeza decirte —replicó ahora Nanda bastante plácidamente— no tiene absolutamente nada que ver, te lo aseguro, ni con Aggie ni con el «querido Mitch». Si lo que quieres es no oÃrla, si lo que buscas es alguna forma de escabullirte, por favor créeme que ellos no te servirán de nada. —A decir verdad sucedÃa que ella era consciente de haber dado por fin con el tono adecuado. Nada salvo la convicción de ello habrÃa podido hacerla agregar tras un momento—: ¿De qué diantres, señor Van, tienes miedo?
Pues bien, para certificar que era el tono adecuado bastó un único pequeño instante: un instante, debo apresurarme a especificarlo pese a todo, lo suficientemente grande a despecho de su pequeñez para abarcar la más larga mirada que hubiesen intercambiado jamás, por cualquier razón, estos amigos. Fue una de esas miradas —no tan frecuentes, hay que reconocerlo, como a menudo la musa de la Historia, que aun en el mejor de los casos se sirve de constantes atajos, se ve obligada a hacemos creer por culpa de sus condiciones laborales— que después de que han venido y se han ido se percibe no sólo que han transformado las relaciones sino además que han clareado absolutamente la atmósfera. Ciertamente ayudó a Vanderbank a encontrar la respuesta:
—Tan sólo tengo miedo, creo, de tu conciencia.