La edad ingrata
La edad ingrata Lo cierto es que durante aquel intervalo él habÃa resultado más ayudado que ella:
—¿Mi conciencia?
—MedÃtalo (tranquila y relajadamente) y algún dÃa lo entenderás. No hay ninguna prisa —insistió—, ninguna prisa. Y cuando lo hayas entendido, no es preciso que tu existencia se te convierta en algo abrumador por causa de ninguna ficticia obligación de comunicármelo. —Oh, cuán considerado se mostraba: más considerado que nunca en este momento—. El quid está, ya ves, en que yo no tengo conciencia. Tan sólo me preocupa mi diversión.
Ante esto intercambiaron una segunda mirada, asimismo decididamente reconfortante, aunque devaluada, valga la expresión, por la anterior, que a su modo ya habÃa agotado por completo las posibilidades de las miradas.
—Oh, a mà también me preocupa mi diversión —dijo Nanda—, y por muy poco que en ciertos aspectos te lo parezca, precisamente esto, te ruego que lo creas, sà que es diversión y lo demás son cuentos. Lo que hay en el fondo de mi apelación —continuó— es una charla que sostuve con mamá no hace mucho.
—Huy, sà —repuso Van con interés brillantemente ruborizado—. ¡Ahà es nada —exclamó riendo— la diversión que puede extraerse de «mamá»!