La edad ingrata

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—Oh, no era exactamente en eso en lo que pensaba. Pensaba en la diversión que ella misma pueda estar todavía en condiciones de obtener. Ahora mismo la mía consiste, ¿no te das cuenta?, en discernir cómo suministrársela. Por descontado, para mí es un poco difícil —prosiguió la muchacha— explicarte exactamente a qué me refiero.

—¡Oh, pero para mí no es nada difícil comprenderte! —En su cordialidad Vanderbank habló como si de hecho no se tratara más que de un quítame allá esas pajas—. Llevas a tu madre en tus pensamientos. Eso se parece muchísimo a lo que yo entiendo por tu conciencia.

Nanda tuvo un nuevo titubeo, pero esta vez aparentemente desprovisto de penalidad alguna.

—¿Ya no aprecias a mamá? —logró espetar en todo caso—. Debo decirte —añadió enseguida— que aunque he aludido a mi charla con ella como lo que finalmente me movió a escribirte, ella no me sugirió en lo más mínimo que te planteara esta pregunta. Te la planteo —aclaró— por mi cuenta y riesgo.

La aclaración, en su calidad de coda introducida sin una pausa, manifiestamente mejoró la coyuntura —y asimismo sobre la marcha— para Vanderbank. Éste se recostó en su asiento con una complacida, una resueltamente gozosa percepción de aquella combinación:

—¡Sois una familia adorable!


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