La edad ingrata
La edad ingrata Por lo menos esta vez el discurso femenino, mientras desarrollaba una cláusula tras otra, lo sumió en un completo silencio, si bien tras una plena intuición de la dirección en que ella se encaminaba dejó de mirarla a los ojos y se limitó a permanecer sentado mirando fijamente hacia el dibujo de la alfombra. Incluso cuando finalmente habló, ello fue sin alzar la mirada:
—¡Desde luego eres, como solía decir ella misma, la hija moderna! Hace falta esa tipología para proponerse hacer carrera de los progenitores.