La edad ingrata
La edad ingrata —Huy —dijo Nanda con gran sencillez—, no se trata precisamente de una «carrera», ¿verdad?, eso de… salvar una vieja amistad; pero sà puede consolar un poco, ¿no?, de la pérdida de una. En todo caso yo querÃa no tener que reprocharme no haber hablado antes de que fuese demasiado tarde. Por supuesto no sé qué ha estropeado vuestra relación, o si de hecho ha habido algo que la haya estropeado. Me da igual, de todos modos, qué haya sido: no ha podido ser nada demasiado malo. Arréglalo, arréglalo… perdónalo. No insinúo que en ello haya una carrera para ti más de lo que la hay para ella; pero es algo que está ahÃ. Sé cómo debo de sonar: de lo más paternalista y atosigante; pero quien nada aventura, nada obtiene. No puedes saber cuánto significas para ella. Para ella significas más, lo creo firmemente, de lo que nadie ha significado nunca. Odio dar la impresión de intrigar respecto de ella a sus espaldas; asà que lo expondré de una vez por todas. En una ocasión dijo, hablando de ello con una persona que luego me lo contó a mÃ, que tú habÃas hecho por ella más que cualquier otra persona, porque eras tú quien realmente la habÃa estimulado. Eras tú: lo hiciste. Yo misma lo vi en su momento. Era muy pequeña, pero podÃa verlo. Me dirás que yo debÃa de ser un monstruito espeluznante, y probablemente lo era y ahora estoy haciendo honor a tan prometedor carácter. Ello no obsta para que servidora opine que cuando una persona ha estimulado y puesto en marcha a otra persona…