La edad ingrata
La edad ingrata —…¿esa persona debe asumir las consecuencias —completó Vanderbank— y acompañar hasta el final del camino a la otra persona? —Ahora él era capaz de salirle perfectamente al encuentro y procedió a hacerlo admirablemente—: Hay mucho de verdad en lo que dices, lo admito, lo admito. Me siento obligado a decir que no sé muy bien qué fue lo que hice: uno hace estas cosas, no hay duda, en una bonita inconsciencia; a decir verdad, yo habrÃa jurado que ocurrió exactamente a la inversa. Pero te aseguro que acepto todas las consecuencias y todas las responsabilidades. Si tú no sabes qué ha estropeado nuestra relación puedo afirmar que yo tampoco. No puede ser algo grave; ya lo hablaremos. No quiero decir tú y yo (tú no debes preocuparte más), sino ella y su inconsciente infiel. No he estado viniendo muy a menudo, ya lo sé —siguió su curso Vanderbank plácidamente—. Pero hay una marea en los asuntos de los hombres… y de las mujeres también, y de las muchachas y de todo el mundo. Tú sabes lo que quiero decir, lo sabes por experiencia propia. El quid está en que (¡benditas sean las almas de vosotras dos!) uno no abandona a tu madre: uno no puede ni aunque quiera. Es absurdo hablar de eso. Nadie ha hecho tal cosa en la vida. Ella es algo que está ahÃ, como la luna o Marble Arch. Yo no digo, fÃjate —explicó con sinceridad—, que todo el mundo la aprecie en igual medida; eso es otra historia. Pero nadie que alguna vez la haya apreciado puede permitirse volver a pasarse sin ella durante una larga temporada. Hay demasiadas personas tontas, demasiadas compañÃas aburridas. Eso, en Londres, puede encontrarse a troche y moche; por el contrario, la inteligencia de tu madre siempre alcanzará una cotización elevadÃsima. Uno puede charlar con ella en busca de algo radicalmente distinto. Es magnÃfica, magnÃfica, magnÃfica. Por lo tanto, mi querida muchacha, tranquilÃzate. Tu madre es una estrella fija.