La edad ingrata
La edad ingrata —Oh, bien sé que lo es —dijo Nanda—. Tú eres…
—…¿quien puede no ser más que un meteorito errátil? —Siguió sentado y le sonrió—. Entonces te prometo que tus palabras me han frenado en mi trayectoria. Me has detenido lo mismo que Josué detuvo el sol. —Tras esto él se puso en pie, pero, como para compensarlo, continuó tanto más cordialmente—: ¿Dices que ella es «joven»? Se trata de algo que no tiene parangón. Ella es la juventud. Ella es mi juventud… lo fue. Y, si hallas la ocasión —concluyó—, explÃcale de mi parte que, si realmente quiere saberlo, tiene reservada mi ancianidad. Es lo bastante inteligente, ya sabes —y Vanderbank, riendo, se dirigió a por el sombrero—, para comprender lo que le digas.
Nanda asimiló esto con la debida atención; ahora ella también estaba en pie.
—Y además es tan preciosa —declaró.
—¡Endiabladamente guapa!
—No lo digo, como suele decirse, ya sabes —insistió la muchacha—, porque sea mamá, pero cuando hacemos salidas sociales pienso frecuentemente que dondequiera que ella esté…