La edad ingrata

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—…¿no hay nadie que, si bien se mira, le llegue a la altura del zapato? —recogió con ardor Vanderbank sus palabras—. Oh, lo mismo opina todo el mundo, y de hecho la apreciación que servidor hace de las cosas encantadoras que, en ese sentido, son tan intensamente propias de ella, apenas puede referirse a las mismas con la suficiente reverencia. Y además, mecachis, ella tiene vislumbres… que no son cosas que se vean todos los días. Tiene sorpresas. —Casi se le quebró la voz de pura vividez—: Tiene un estilo peculiar.

—Vaya, me alegro de que la aprecies de veras —repuso Nanda con seriedad.

Ante esto él volvió a encararla abiertamente, y el transitorio silencio masculino hizo que ello resultase aún más directo.

—Me gusta, ¿sabes?, casi tanto como me haya gustado cualquier otra cosa jamás, esta formidable idea tuya de abogar por su soledad y su juventud. No pienses que no te hago justicia al decir (lo cual es decir mucho) que tu idea es no menos encantadora que graciosa. Y ahora adiós.

Él había extendido la mano, mas Nanda titubeó:

—¿No te quedas a tomar el té?

—Mi querida muchacha, no puedo. —Él pareció sentir, no obstante, que debía ser dicho algo más—: Volveremos a vemos. Pero se aproximan las fechas, ¿no?, del desperdigamiento general.


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