La edad ingrata
La edad ingrata —SÃ, y espero que este año —respondió ella— tengas unas buenas vacaciones.
—Oh, nos veremos antes de eso. Haré lo que pueda, pero palabra de honor que intuyo, ¿sabes? —dijo riéndose—, que un repaso como el que me has dado me durará mucho tiempo. Algo imponente. —Volviendo a extender la mano, agregó a continuación—: Y tú, ¿tienes algún plan?
Tantos, habrÃase dicho, que a ella no le hizo falta tiempo de meditar.
—Me atreverÃa a decir que estaré fuera una buena temporada.
Él se asombró francamente:
—¿Con el señor Longdon?
—SÃ… con él casi todo el tiempo.
Él volvió a titubear:
—¿Realmente durante un largo periodo?
—Un periodo muy, muy largo, espero.
—¿Tu madre vuelve a mostrarse deseosa?
—Huy, por completo. Y ya ves que ése es el porqué.
—¿El porqué? —Ella no habÃa dicho nada más, y él no alcanzó a comprender.
—El porqué de que no debas dejarla demasiado sola. ¡No lo hagas! —espetó Nanda.
—No lo haré. Pero —añadió a renglón seguido— hay una o dos cosas.