La edad ingrata
La edad ingrata —Y bien, ¿cuáles son?
Con cierta seriedad él expuso la primera:
—¿Al final ella no piensa tratar a los Mitchy?
—Tampoco demasiado. Por supuesto ahora eso se ha vuelto algo muy diferente.
Vanderbank vaciló:
—Pero no para ti, sospecho… ¿o acaso me equivoco? ¿Tú tienes intención de verlos?
—Huy sÃ…, espero que vengan al pueblo.
Él se apartó algunos pasos… no en dirección a la puerta.
—¿A Beccles? Extraño lugar para ellos, ¿no crees?
Él habÃa planteado la pregunta como en broma, pero Nanda se la tomó en serio:
—Oh, no cuando han sido invitados de un modo tan, tan hermoso. No cuando él desea tanto su presencia.
—¿El señor Longdon? Entonces, ¿eso se mantiene?
—¿«Eso»? —Se habÃa quedado desconcertada.
—Me refiero a la amistad del señor Longdon… con Mitchy.
—En la medida en que es una amistad.
—Pero ¿no me habÃas dicho, por cierto —y él tomó a consultar su reloj—, que precisamente están a punto de presentarse los dos juntos?
—Oh, no especialmente juntos.