La edad ingrata
La edad ingrata —¿Primeramente Mitchy a solas? —preguntó Vanderbank.
Ella esbozó una sonrisa que fue tenue, que fue ligeramente extraña:
—A menos que te quedes para hacemos compañÃa.
—Gracias; imposible. ¿Y después el señor Longdon a solas?
—A menos que se quede Mitchy.
Él hizo una nueva pausa; finalmente comentó:
—Al final no me has hablado sobre la florescencia de su esposa.
—¿Cómo voy a hacerlo si no me dejas tiempo?
—Entiendo; claro que no. —Durante un instante él semejó experimentar el retomo de la curiosidad—. Sin embargo no tendrÃa sentido, ¿verdad?, sacarla a colación ante él. No, debo irme. —Volvió a aproximarse a ella, y esta vez ella le dio la mano—. Pero si efectivamente te quedas con el señor Longdon a solas, ¿querrás hacerme un favor? De hecho quiero decir no sólo hoy, sino en todas las ocasiones oportunas.
Ella permaneció aguardando.
—Cualquier favor —manifestó por último—. Pero tendrás que decirme cuál.
—Pues —contestó él al momento— llamémoslo un cambalache. Yo me ocupo de tu madre…
—¿Y yo…? —Ella habÃa tenido que aguardar otra vez.