La edad ingrata
La edad ingrata —Tú te ocupas de mi reputación. Quiero decir por consideración a él. Se ha portado con tal gentileza conmigo que, cuando pienso en mi fracaso a la hora de retribuÃrsela, ello me hace sonrojarme de pies a cabeza. Lo he desatendido deplorablemente… debido a una azarosa serie de complicaciones. Hay cosas que habrÃa debido hacer y no hice. Hay una en particular… pero da lo mismo. Y ni siquiera he dado explicaciones sobre eso. He sido un grosero y no me proponÃa serlo y no he podido evitarlo. Pero helo ahÃ. Di alguna palabra en mi favor. De un modo u otro explica que no soy un grosero. En suma —dijo el joven, otra vez bastante ruborizado a causa de la intensidad de sus pensamientos—, expresémoslo como que puedes confiar por entero en mà si me permites (en lo que respecta a mi buen nombre como caballero) confiar un poco en ti.
—Oh, puedes confiar en mà —respondió Nanda estrechándole la mano.
—¡Adiós entonces! —exclamó él desde la puerta.
—Adiós —dijo ella después de que él la hubiese cerrado.