La edad ingrata

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XXXVII

Ya eran las cinco y media cuando se presentó Mitchy; y en el entretanto la abstracción femenina no había sufrido más interrupción que la llegada del té, que, empero, la muchacha había dejado sin tocar. No bien entró, él expresó su temor de no haber sido puntual, a lo cual ella respondió con la aseveración de que por el contrario lo había sido admirablemente y con la mención de toda la ayuda a la paciencia que ella había extraído del placer de media hora con el señor Van; alusión ésta que por parte de Mitchy naturalmente suscitó de inmediato el más vivo interés:

—¿Así que se ha arriesgado por fin? ¡Cuán inmensamente apasionante! ¿Y tu madre? —continuó; tras lo cual, como ella no dijera nada, aclaró—: Quiero decir, ¿lo vio ella, y acaso él está con ella en este momento?

—No: ella no habrá asomado la nariz… a menos que tú hayas preguntado por ella.

—No lo he hecho. Sólo pregunté por ti.

Nanda reflexionó un instante; después dijo:

—Pero, así y todo, vendrás a verla de vez en cuando, ¿no? Me refiero a que nunca la abandonarás, ¿verdad?

Ante esto, Mitchy lanzó una carcajada:

—¡Mi querida muchacha, sois una familia adorable!

Ella se lo tomó con bastante benevolencia:


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