La edad ingrata

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La circunstancia de que ella atendiera —y con una feliz exhibición de especial cuidado— a las inmediatas necesidades materiales de él contribuyó extrañamente, cuando ella respondió, a dar una impresión de sinceridad:

—¡Ah, señor Mitchy, las cosas de mi incumbencia que a estas alturas no se hayan convertido con la mayor naturalidad del mundo en cosas de tu incumbencia… vaya, soy incapaz de imaginarme ninguna en este momento, y no querría, bien lo sabes, ni aunque pudiera!

—En tal caso puedo prometerte que no hay ninguna cosa de mi incumbencia —declaró Mitchy— que merced al mismo criterio no haya sufrido el mismo desplazamiento. ¡Ten bien presente, por favor, que si alguna vez una muchacha ha tenido un futuro comprometido…!

—¿Qué entiendes —atajó ella— por un futuro comprometido?

—Caramba, la garantía de hallarse abrumada para todos los tiempos venideros con las aventuras de un caballero de quien jamás podrá deshacerse aduciendo el especioso alegato de que no es más que su marido o su novio o su padre o su hijo o su hermano o su tío o su primo. Ahí se yergue, no encuadrable en ninguna de esas categorías.

—Sí —murmuró Nanda con gentileza—, sencillamente es su Mitchy.


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