La edad ingrata

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—Bueno, es mera casualidad que vengáis juntos… salvando naturalmente que no venís juntos. Sencillamente acepté la hora que cada uno de vosotros propuso libremente. Pero habría sido estupendo incluso si hubieseis coincidido. Quiero decir, o sea —explicó—, incluso si coincidís tú y el señor Longdon. Al señor Van, lo confieso, lo quería a solas.

Mitchy había permanecido contemplándola por encima de la taza, y exclamó:

—¡Cada vez eres más extraordinaria!

—Bien, pues si estoy mejorando tanto otórgame tu promesa.

Mientras Mitchy consumía su refrigerio, conservó su meditabunda mirada saltona; y dijo:

—Enseguida voy a querer más, por favor. Pero ¿te importa que pregunte si Van sabía…?

—…¿que el señor Longdon va a venir? Oh sí, se lo dije, y al irse me dejó un recado para él.

—¿Un recado? ¡Cuán terriblemente interesante!

Nanda reflexionó:

—Lo será terriblemente… para el señor Longdon.

—Ponme más ahora, por favor —dijo Mitchy mientras ella le asía la taza—. Y para el señor Longdon únicamente, ¿eh? ¿Eso es una forma de decir que no es cosa de mi incumbencia?


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