La edad ingrata
La edad ingrata —Exactamente. Y un Mitchy, ya lo ves, es… ¿cómo se lo denomina a eso?… sencillamente indisoluble. Además es descarnadamente inquisitivo. Llega hasta el extremo de preguntarse si Van se enteró también de que me esperabas a mÃ.
—Oh sÃ…, se lo dije todo.
Mitchy sonrió:
—¿Todo?
—Se lo dije, se lo dije —contestó ella con impaciencia.
Mitchy dudó:
—¿Y entonces me dejó asimismo un recado?
—No, nada de nada. Lo que he de hacer por él ante el señor Longdon —explicó acto seguido— es a efectos prácticos presentar una especie de exculpación.
—Ah, y conmigo —recogió sus palabras Mitchy con celeridad— no puede haber la posibilidad de nada de esa especie. Entiendo. A mà no me ha hecho ninguna injuria.
Ahora con la mirada dirigida hacia la ventana, Nanda le dio vueltas a aquello:
—Me parece que él no serÃa demasiado consciente incluso si te hubiera hecho una.
—Entiendo, entiendo. Y nosotros no se lo revelarÃamos.
Con cierta brusquedad ella cesó de mirar hacia el exterior: