La edad ingrata
La edad ingrata —No se lo revelarÃamos. Pero se mostró considerado desde todo punto de vista —insistió—. Nadie habrÃa podido mostrarse más paciente respecto de, sin ir más lejos, lo de haber venido tan poco a esta casa durante tanto tiempo. ¡Como si no tuviese infinidad de otras cosas que hacer! Ni tan siquiera las esgrimió en calidad de buenas razones tanto como le habrÃa sido factible. ¡Y figúrate, con todos sus importantes deberes (todos los grandes asuntos que dependen de él), que nosotros nos dediquemos a formarle pequeñas broncas vulgares por haber sido «desatendidos»! A decir verdad se sirvió tan poco de todo lo que fácilmente habrÃa podido alegar (habló, quiero decir, como si todas las culpas fuesen suyas) que resueltamente servidora casi tuvo que indicarle sus excusas. ¡Como si —ella sostuvo su discurso exhaustivamente— él no las tuviese de sobra!
—¿Son sólo las personas como yo —aventuró Mitchy— quienes no tienen ninguna?
—SÃ… las personas como tú. Personas sin utilidad, sin ocupación y sin importancia. Como tú, ya sabes —siguió ella—, hay tantÃsimos. —Fue sin transición de tono como a continuación agregó—: Si eres malo, Mitchy, no te diré nada.