La edad ingrata

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—Caramba, si se trata de algo que puede significar algún desdoro de alguien como él. Quiero decir que en ese caso no me apetecerá enterarme en lo más mínimo.

Mitchy miró como si pudiera comprender eso y sin embargo pudiera imaginarse a la vez algo así como un conflicto:

—Pero ¿y si el señor Longdon insiste…?

—…¿en explicármelo? No le permitiré insistir. ¿Lo harías tú? —le planteó.

—¡Oh, yo no estoy involucrado!

—¡Sí, lo estás! —casi resonó ella.

—¡Oh…! —exclamó Mitchy riéndose. Luego de lo cual agregó—: Pues bien, en ese caso tal vez yo conseguiría imponerme a ti.

—No, no lo conseguirías —volvió a declarar igual de tajantemente—, y de todos modos no desearías hacerlo.

Finalmente él patentizó que podía aceptar esto de ella: lo patentizó con el silencio en que sus miradas se encontraron durante un instante; luego lo patentizó acaso todavía más mediante una honda exclamación:

—¡Eres fenomenal!

También para semejante aseveración ella tuvo la desapegada receptividad de siempre:

—No creo serlo en nada salvo en el deseo de ocuparme de que tú sigas siéndolo.


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