La edad ingrata
La edad ingrata —¡Muy bien, pues ocúpate de mÃ, ocúpate de mÃ! Me da en la nariz que actualmente no estoy en absoluto en condiciones, ¿sabes?, de ocuparme de mà mismo. De hecho te hago la advertencia —siguió Mitchy— de que a partir de ahora voy a acudir a ti por todos los motivos. Pero eres realmente portentosa —concluyó ya que en un principio ella no dijo nada ante esto—. Ni siquiera te aterrorizo.
—En efecto… por suerte para ti.
—¡Ah, pero te aviso claramente que pienso emplearme a fondo para lograrlo!
Nanda estudió todo aquello con una tan cercana aproximación al jolgorio como era habitual en ella:
—Bien, pues si alguna vez lo logras será para ti un dÃa triste.
—Te erizas con tu propio armamento —perseveró él—, pero el ingenio de toda una vida será consagrado a pillarte en algún punto en que estés desprevenida.
—Y ¿cuál punto, si me haces el favor, será ése?