La edad ingrata
La edad ingrata —¡Ah, no soy tan tonto como para empezar por darte pistas! —Tras esto, Mitchy volvió la espalda con un suspiro ambiguo pero inequívocamente espontáneo; contempló diversas fotografías, tomó un libro o dos tal como había hecho Vanderbank y durante un par de minutos reinó el silencio entre ellos—. Lo que se extiende ante mí —reanudó la plática tras un intervalo durante el cual fue obvio que, pese a sus movimientos, no había mirado hacia nada—, lo que se extiende ante mí es la feliz perspectiva de mi sensación de que en ti he encontrado a una amiga con quien, tan absoluta y francamente, siempre puedo ir al fondo de las cosas. Este lujo, según puedes ver en este preciso instante, de nuestra libertad para mirar de frente los hechos es un lujo que, te lo prometo, pienso permitirme sin cortapisas. —Se detuvo ante ella de nuevo, y de nuevo ella guardó silencio—. Es maravilloso, ¿verdad?, que por fin no quede una sola cosa respecto de la cual no podamos despachamos a gusto. Es decir, que no podamos designar inteligiblemente y abordar desprejuiciadamente. Hemos excavado un largo túnel horadando las timideces artificiales y los secretismos supersticiosos, y a mí por lo menos no me hará falta sino recordar que exhibiendo una abierta confianza y poniendo todos los puntos sobre las íes lo que haré será seguir el ejemplo que tú misma has dado tan admirablemente. ¿Vas directa al meollo? Bien. ¡Es cuanto pido!