La edad ingrata
La edad ingrata Él se habÃa dejado caer en un asiento mientras hablaba y, puesto que ella continuaba en el suyo, quedaron frente a frente; pero seguidamente ella se incorporó y, al instante inmediato, mientras él permanecÃa en su sitio, se vio enfrascada en poner en orden los objetos que ambos visitantes habÃan estado desorganizando.
—¡Si no fueses delicioso serÃas horrendo!
—¡Ahà lo tienes! Fácilmente podrÃa, en otras palabras, aterrorizarte si quisiera.
Ella hizo caso omiso de este comentario, limitándose, luego de unos pocos toques más por aquà y por allá, a formular una observación de su propia cosecha:
—Pese a todo, el señor Van va a ser encantador con mamá. Eso hemos decidido.
—Ah, ¿conque Van puede sacar tiempo…?
Ella vaciló:
—Para una cosa como ésa… sÃ. Para, quiero decir, convencerla suficientemente de que no la ha abandonado. ¿De modo que no admites cuantÃsimo más tiempo puedes sacar tú?
—¡Ah, vaya por Dios, ahà lo tenemos de nuevo! —exclamó Mitchy con presteza.
Sin embargo él habÃa ido, al parecer, más lejos de lo que ella podÃa seguirlo:
—Lo tenemos ¿dónde?
—Pues, como digo, en el meollo y en el fondo de las cosas.