La edad ingrata
La edad ingrata —¡Ah! —Ella recayó en una indiferencia que no era sino parte de su paciencia global ante toda la ironÃa de él.
—Carece de sentido discutir la cuestión de abandonar o no a tu madre. Sencillamente uno no la abandona. Uno no puede. Ella es algo que está ahÃ.
—Es exactamente lo que dice él. Ella es algo que está ahÃ.
—¡Ah, pero es que deseo decir algo que no sea lo que dice «él»! —exclamó riendo Mitchy—. Sea como fuere, él no ha podido hablarte de ninguna atadura comparable a la que en mi caso es ahora casi la más perceptible. Yo tengo una esposa, bien lo sabes.
—¡Oh, Mitchy! —musitó la muchacha de un modo quejoso aunque impreciso.