La edad ingrata
La edad ingrata —Y mi esposa (¿no lo sabÃas?) —prosiguió Mitchy— está empezando a volverse rematadamente Ãntima de tu madre. Por supuesto no te pilla de nuevas que tu madre es toda una experta en esposas. Ahora que nuestro matrimonio es un hecho consumado se toma el mayor interés por él (o promete hacerlo, con tal que su atención quede eficientemente atrapada) y más especialmente por lo que creo que es generalmente denominado nuestra peculiar situación… pues por lo visto, ¿sabes?, estamos dentro de una situación peculiar de la más conspicua de las maneras. Por consiguiente Aggie ya está encarrilada, y es probable que llegue a estarlo aún más, en lo que es universalmente reconocido como el sistema habitual de tu madre. Tu madre la atraerá, la examinará, finalmente la «comprenderá». De hecho, la «ayudará» al igual que ya ha «ayudado» a tantÃsimas otras antes y seguirá «ayudando» a tantÃsimas otras después. Con Aggie convertida de esta guisa en satélite y frecuentadora (hasta un grado que jamás ha alcanzado) —continuó—, ¿qué constituirá todo el asunto a efectos prácticos sino una multiplicación de nuestros puntos de contacto? Puedes recordarme la afirmación de la señora Brook en el sentido de que aunque es cierto que en su época presidÃa una especie de cÃrculo, ahora el cÃrculo, como resultado de los acontecimientos, ha quedado reducido a un conjunto de átomos fortuitos; pero pese a todo, mi querida Nanda, para tu preclara inteligencia esas palabras no resultarán ser más que un eco piadoso de su pasajera humildad o (poniéndonos en lo peor) su pasajera desesperación. Las generaciones surgirán y pasarán, y el personnel, como dicen los periódicos, de la tertulia cambiará y será reemplazado, pero la institución en sÃ, fundada como está sobre una profunda necesidad humana, tiene aún un largo camino que recorrer y una ingente labor que realizar. Nosotros no seguiremos, pero tu madre sÃ, y habida cuenta de que felizmente Aggie es muy joven, consiguientemente tu madre está abastecida, para las temporadas venideras, a una escala lo bastante considerable como para que en este preciso momento nos sintamos tranquilos. Por otra parte, ya que tú eres casi tan buena con los maridos como la señora Brook lo es con las esposas, ¿por qué no Ãbamos a estar nosotros, como pareja, nosotros los Mitchy, perfectamente atendidos, y por qué no iba yo a poder pintarte mi futuro como satisfechamente garantizado? La única sombra apreciable que discierno proviene, para mÃ, del problema de lo que hoy pueda acaecer entre tú y el señor Longdon. ¿Debo inferir —preguntó Mitchy— que dentro de un breve rato el señor Longdon va a presentarse aquà para escuchar una respuesta a alguna proposición que te ha hecho?