La edad ingrata

La edad ingrata

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Nanda lo miró unos momentos con una especie de solemnidad de ternura, y su voz, cuando finalmente habló, fue trémula debido a un sentimiento que a las claras se había desarrollado en ella mientras atendía a la ristra de antojos, agrios y dulces, que él acababa de hacer desfilar.

—Eres desenfrenado —dijo únicamente—, eres desenfrenado.

Él lanzó una formidable mirada saltona:

—¿O sea que ya empiezo a aterrorizarte? —Con la cabeza realizó un ademán negativo bastante desolado—: Todavía no lo he intentado en absoluto. Hay algo —añadió pasado un instante— que deseo ardientemente pedirte.

—¡Pues entonces…! —Aunque no se mostró entusiasmada, al menos se mostró caritativa.

—Huy, pero es que se me hace que aun cuando tú demuestras todo el valor necesario para ir al meollo y al fondo conmigo, yo no estoy plenamente seguro (nunca lo he estado) de poseer el arrojo de hacer otro tanto contigo. Es cuestión —aclaró Mitchy— de lo mucho que (sobre un problema particular) sepas.

Ella continuó encarándolo con la mayor amabilidad del mundo:

—¿A estas alturas todavía no se ha visto sobradamente que lo sé todo?


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