La edad ingrata

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La réplica femenina, así formulada, tardó un minuto o dos en hacer efecto, pero cuando principió a hacerlo esparció francamente una luz. El semblante de Mitchy se tomó de un color que habría podido ser producto de que ella le hubiese acercado algún fanal de caprichosos vidrios.

—¡Lo sabes, lo sabes! —exclamó él.

—Por supuesto que lo sé.

—¡Lo sabes, lo sabes! —repitió Mitchy.

—Todo —continuó ella imperturbablemente— salvo de qué estás hablando.

Él guardó silencio unos instantes, fija la mirada en ella.

—¿Puedo besarte la mano?

—No —respondió ella—; eso es lo que yo llamo desenfrenado.

Él se había erguido al tiempo que hacía su pregunta y tras la respuesta permaneció un momento clavado en el sitio:


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