La edad ingrata
La edad ingrata —Observa: te he aterrorizado. Resulta ser asà de fácil. Pero lo único que buscaba era demostrártelo y cerciorarme personalmente. Ahora que ya tengo la certeza interior nunca se me ocurrirá volver a hacerlo con ningún otro designio. —Él se dio la vuelta a fin de iniciar una vez más sus absortos deambulares—. ¿Esta vez el señor Longdon te ha pedido una grandiosa adhesión pública, y para lo que acude hoy es para recibir tu respuesta definitiva? ¿Una terminante e irrevocable fuga con él es la polÃtica que él aconseja, y vendrá dispuesto a emprenderla sobre la marcha con una silla de posta y dos pistolones?
En verdad aquella imagen semejó aparecérsele a Nanda con cierta vividez, y durante algunos momentos ella la contempló sin un asomo de sonrisa:
—No vamos a necesitar pistolas de ninguna clase, independientemente de cuál sea la decisión respecto de la silla de posta; y cualquier fuga que emprendamos juntos no precisará el amparo del secretismo o de la noche. Como te he dicho ya, mamá…
—…¿no se tenderá en medio del camino para impedir vuestra temeraria empresa? Recuerdo —dijo Mitchy— que ya me hablaste de su magnÃfica resignación. Pero ¿y papá? —inquirió excéntricamente.
Nanda reflexionó sobre aquel punto durante un lapso más prolongado: