La edad ingrata
La edad ingrata —Bueno, el señor Longdon tiene (dentro de su heredad) muy buenos terrenos de caza.
—¿Asà es que de vez en cuando Edward podrá pasearse por ellos con su vieja escopeta? También eso está bien… mientras no sea, ya que le quedarás de camino, a fin de dispararte a ti. Lo tienes todo bien pensado y organizado, en otras palabras, y sólo te resta, si finalmente el proyecto te seduce, levantar el campo. Levantas el campo, dejas muchÃsimo espacio libre. ¡Es interesante —exclamó Mitchy— llegar asà al meollo contigo! Miro a mi alrededor y veo a todos apaciguados y a todos contentos excepto uno o dos. ¿A qué vienen, pues, dudas y demoras?
—No sabes, querido señor Mitchy —respondió Nanda tras tomarse su tiempo—, ni la mitad de lo que imaginas.
—Pero ¿acaso mi pregunta no es abiertamente una confesión de ignorancia y una renuncia a imaginar? Desde este momento me declaro ante ti —manifestó Mitchy— hombre que no sabe nada de nada y que literalmente recibe de tus manos todo conocimiento y toda vida. Que lo demuestre, mi querida Nanda, mi infatigable actitud exploratoria. Según das a entender, ¿cualquier vacilación que todavÃa puedas sentir proviene de tu conciencia de que en Londres tienes deberes a los cuales no puedes sustraerte a la ligera? Oh —dijo pensativo—, por lo menos sà sé que los tienes.