La edad ingrata

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Ella lo escudriñó con su eterna dulzura mientras él describía imprecisos giros por la habitación.

—Eres desenfrenado, eres desenfrenado —reiteró—. Pero carece de importancia. Jamás me desentenderé de ti.

Él se detuvo abruptamente:

—Ah, eso es lo que deseaba oírte decir con ese preciso número de nítidas palabras áureas… aunque desde luego no voy a fingir haber pensado que fuese estrictamente necesario. No es estrictamente necesario un alfiler con una gran turquesa en mi corbata; lo cual secundariamente implica, dicho sea de paso, que si se te ocurre admirarlo eres muy libre de hacerlo. Palabras tales (ahí quiero ir a parar) son como piedras preciosas: el orgullo, ya ves, del corazón propio. Son pura vanidad, pero al fin y al cabo ayudan. Naturalmente tienes que ocuparte de la pobre Tishy —siguió adelante.

—¿Querrás dejarlo totalmente a mi arbitrio? —dijo Nanda como si no lo hubiese oído.

—Y además tienes a la pobre Carrie —prosiguió él—, aunque a ella por supuesto te la repartes con tu madre.

—¿Querrás dejarlo totalmente a mi arbitrio? —repitió la muchacha.

—Por no hablar del pobre Cashmore —continuó él—, de quien te ocupas entero, ¿no es así?, tú sola.


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