La edad ingrata
La edad ingrata —¿Querrás dejarlo totalmente a mi arbitrio? —repitió una vez más.
Esta vez él hizo una pausa, cavilando súbita y expresivamente.
—De ahora en adelante, ¿vas a hacer algo a todos esos respectos… quiero decir, en compañÃa de nuestro amigo? —inquirió.
Ella pareció sentir cierto escrúpulo a la hora de decirlo, pero al final lo reveló:
—SÃ: ahora ya no le importa.
Una vez más Mitchy lanzó una carcajada:
—¡En cuanto familia, sois…! —Pero ya se habÃa interrumpido a sà mismo—: ¿Quieres decir que a pesar de los pesares el señor Longdon se sentirá interesado de una u otra forma…?
—…¿en mis intereses? Claro que sÃ… puesto que ya ha ido tan lejos. Has exteriorizado sorpresa ante mi deseo de aguardar y meditar; pero ¿cómo puedo no aguardar y no meditar cuando tantÃsimas cosas dependen de la cuestión (ahora tan ineludible) de cuánto más lejos querrá ir?
—Entiendo —dijo Mitchy, hondamente impresionado—. Y ¿de qué depende eso?
Ella hubo de reflexionar:
—De cuánto más lejos, por mi parte, deba ir yo.
La comprensión de Mitchy fue ya absoluta: