La edad ingrata

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Mitchy se quedó mirando fijamente.

—¡Eres maravillosa, querida! —protestó.

Ah, pero ella siguió adelante:

—Yo tenía un plan respecto de Aggie.

—Oh, ¿acaso no sé muy bien que lo tenías? Y ¿acaso no recuerdo hasta qué punto estabas segura de la clase de persona…?

—…¿que ni siquiera ella misma —atajó Nanda— sospechaba ser? Actualmente sigo igual de segura. Ello es exactamente como yo pensaba, sólo que hay muchísima más cantidad de ello. Más cantidad ha salido a la luz… y más saldrá aún. Ya sabes: cuando no ha habido nada antes, tiene que salir todo como un torrente. De modo que, si incluso yo estoy perpleja, no hay duda de que ella lo está.

—¡Y no hay duda de que yo lo estoy! —El interés de Mitchy, aunque incluso ahora no dejase de estar matizado de ironía, se había incrementado a ojos vista—. Entonces —continuó—, ¿reconoces que estás perpleja?

Nanda titubeó ligeramente:

—Meramente ante la cuantiosidad de ello. Creo que es algo espléndido. La única persona cuya consternación no acabo de entender —agregó— es la prima Jane.

—¡Oh, a la prima Jane la consternación le está bien empleada!


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